Eficiencia y competitividad en un contexto de reordenamiento económico
Por Cristian Ricci
Argentina atraviesa un proceso de reordenamiento económico que está modificando las reglas con las que durante años funcionaron muchas actividades productivas. Para el sector de la construcción, este cambio plantea un desafío particularmente importante: cuando la inflación deja de ser el principal mecanismo de absorción de los errores y la incertidumbre cambiaria se reduce, la eficiencia deja de ser una aspiración y pasa a ser una condición de competitividad.
En julio de 2026, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) nacional registró una variación mensual del 2,1%, mientras que el Índice del Costo de la Construcción (ICC) del Gran Buenos Aires también aumentó 2,1%. Dentro de este último, los materiales aumentaron 1,6%, la mano de obra 2,5% y los gastos generales 2,5%. (Indec)
Son números que muestran una realidad concreta: los costos de construir siguen aumentando. Pero lo hacen en un contexto económico diferente al que la Argentina estuvo acostumbrada durante muchos años.
Desde abril de 2025, el mercado cambiario funciona bajo un régimen de flotación entre bandas, con eliminación de restricciones cambiarias para las personas humanas y otras medidas de flexibilización del mercado de cambios. Desde enero de 2026, los límites de esas bandas se actualizan tomando como referencia la inflación informada por el INDEC. (BCRA)
Esto tiene una consecuencia particularmente relevante para quienes desarrollamos, proyectamos y construimos: cada vez resulta más difícil trasladar una ineficiencia al contexto macroeconómico.
Durante años, un desvío de costos podía quedar parcialmente oculto detrás de la inflación, de una modificación del tipo de cambio o de una actualización presupuestaria. En un escenario de mayor estabilidad nominal, cada error empieza a impactar de manera más directa sobre el resultado económico de un proyecto.
Y esto obliga al sector a hacerse una pregunta fundamental:
¿Cómo podemos construir mejor, con mayor precisión y con menos desperdicio?
En A+R venimos trabajando sobre esa pregunta desde hace más de diez años.
La eficiencia comienza antes de llegar a la obra
Hace una década que estudiamos, desarrollamos e implementamos la metodología BIM —Building Information Modeling—. Pero para nosotros BIM nunca significó simplemente modelar un edificio en tres dimensiones. El verdadero desafío es construir un modelo tridimensional bajo protocolo, utilizando la misma lógica con la que posteriormente se va a construir el edificio. Los elementos se modelan siguiendo las mismas fases, etapas y secuencias de construcción. El modelo no es solamente una representación tridimensional del proyecto: es una herramienta para anticipar cómo será construido. Y esta diferencia es fundamental. Porque uno de los principales problemas de la construcción tradicional está concentrado en una frase que todos conocemos: “Después lo resolvemos en obra”.
Cuando una decisión se traslada a la obra, también se traslada su costo. En la construcción tradicional, distintas ingenierías pueden ser desarrolladas de manera independiente: sanitarias, electricidad, aire acondicionado, corrientes débiles, domótica, señalética, incendio y tantas otras. Cada una puede estar correctamente diseñada por separado y, sin embargo, generar conflictos cuando todas tienen que convivir en un mismo edificio. Es entonces cuando aparecen situaciones aparentemente menores que terminan teniendo consecuencias económicas importantes. Un conducto que obliga a bajar un cielorraso. Una cañería que interfiere con otra instalación. Una estructura que condiciona una ingeniería. Un recorrido que debe modificarse porque no fue coordinado previamente. Y cuando estas decisiones se toman durante la ejecución, aparecen los costos adicionales.
Pero existe otro problema, quizás menos visible y todavía más importante: se pierde trazabilidad.
Lo que se decide en obra muchas veces no vuelve a la oficina técnica. No queda registrado en los planos. No existe una verdadera bitácora de las decisiones. Y cuando llega el momento de documentar el conforme a obra, muchas de esas modificaciones simplemente no tienen registro. La consecuencia es una combinación de retrabajos, pérdida de materiales, horas adicionales de mano de obra, modificaciones contractuales y falta de previsibilidad. En definitiva, ineficiencia.
De la representación al modelo ejecutivo
Por eso, para nosotros, trabajar con BIM no consiste en utilizar Revit, ArchiCAD u otra plataforma de modelado. Modelar en tres dimensiones no alcanza. El modelo tiene que estar bajo protocolo. Tiene que tener una intención. Tiene que estar pensado desde la manera en que se va a construir y tiene que ser ejecutivo. En A+R desarrollamos modelos tridimensionales ejecutivos que funcionan como verdaderos detalles de ingeniería en escala 1:1. Las instalaciones se modelan pieza por pieza. La estructura se modela de acuerdo con las fases y etapas en las que será construida. Esto permite trasladar una parte sustancial de las decisiones que tradicionalmente se toman en obra hacia una instancia previa, cuando todavía es posible modificarlas con un costo significativamente menor. Y ahí aparece una de las principales ventajas económicas de esta metodología: la decisión correcta tomada antes cuesta mucho menos que la corrección de un error durante la construcción.
Precisión en cómputos y certificaciones
El modelo también modifica la manera en que podemos controlar los costos. Los cómputos dejan de depender exclusivamente de una interpretación manual de planos bidimensionales y pueden obtenerse directamente de elementos modelados tridimensionalmente. La geometría es calculada por el propio sistema. Esto reduce la posibilidad de que diferentes personas interpreten de manera distinta aquello que se está proyectando. En un sistema tradicional de representación bidimensional tenemos plantas, cortes, vistas y esquemas de ingeniería. Pero, en muchos casos, quien debe ejecutar o computar tiene que reconstruir mentalmente el objeto tridimensional a partir de esa información. Cada interpretación introduce una posibilidad de error. Cuando esos errores se multiplican a lo largo de un proyecto, aparecen materiales que sobran, materiales que faltan, compras incorrectas, imposibilidad de realizar un seguimiento preciso y dificultades para controlar los desvíos.
El modelo tridimensional permite convertir esa información en datos. Y los datos permiten controlar.
También podemos certificar los avances de obra directamente desde el modelo, obteniendo porcentajes precisos de ejecución y generando una mayor correspondencia entre lo que se paga y lo que efectivamente se construyó. Esto es especialmente relevante en un contexto donde la previsibilidad financiera de una obra adquiere cada vez mayor importancia.
Programar para controlar
La metodología también nos permite trabajar con modelos 4D, integrando el modelo tridimensional con la programación temporal de la obra. El resultado es una simulación de cómo se va a construir. Pero el verdadero valor no está solamente en visualizar esa secuencia. Está en utilizarla como herramienta de control. Cuando la simulación se analiza sistemáticamente, podemos anticipar conflictos, detectar desvíos y tomar decisiones antes de que esos desvíos se transformen en problemas de obra. Es pasar de una lógica reactiva a una lógica preventiva. No esperar a que el problema aparezca para resolverlo, sino identificarlo cuando todavía estamos a tiempo de modificar el proyecto, la secuencia o el sistema constructivo.
Información, trazabilidad y control
Todo este sistema necesita, además, una estructura de comunicación. Utilizamos plataformas vinculadas al modelo tridimensional que permiten que la información tenga trazabilidad, que los distintos integrantes de la oficina puedan hacer seguimiento, controlar y gestionar, y que quede registrada una bitácora de las decisiones y conversaciones que se producen durante el desarrollo del proyecto. Pero hay algo que permanece en el centro: el modelo tridimensional como fuente común de información. A partir de allí podemos incorporar diferentes tecnologías. Hoy utilizamos realidad virtual para realizar reuniones de coordinación en las que jefes de obra, directores de obra y distintos integrantes del equipo pueden ingresar virtualmente al edificio antes de que esté construido.
Antes del primer ladrillo.
Antes del primer encofrado.
El jefe de obra puede recorrer el edificio antes de ejecutarlo y conocer aquello que posteriormente tendrá que controlar. Y esto no es un render. Es el modelo que contiene el nivel de detalle de ingeniería necesario para construir. También utilizamos herramientas de realidad aumentada para comparar el modelo digital con la obra real. Podemos geolocalizar un punto en la obra, escanear un QR y generar escenarios de comparación entre lo proyectado y lo ejecutado. Podemos verificar, por ejemplo, la posición de una cañería y comprobar si coincide con las coordenadas previstas en X, Y y Z. Si existe un desplazamiento, podemos detectarlo. Y si podemos detectarlo a tiempo, podemos corregirlo.
La eficiencia también es una decisión organizacional
Esta manera de trabajar también nos llevó a repensar los roles profesionales dentro de nuestra propia estructura. Hoy cada integrante del equipo de oficina técnica de A+R tiene la capacidad técnica para desarrollar las distintas ingenierías que intervienen en un proyecto de arquitectura. Para eso desarrollamos manuales específicos de cada especialidad, detalle por detalle y pieza por pieza: sanitarias, agua, incendio, electricidad, gas y las diferentes instalaciones que intervienen en cada proyecto. Porque entendemos que la eficiencia no se logra únicamente incorporando tecnología. La tecnología necesita procesos. Los procesos necesitan protocolos. Y los protocolos necesitan personas capacitadas para utilizarlos. Por eso nuestra búsqueda no fue solamente incorporar herramientas digitales, sino desarrollar una estructura de trabajo capaz de aprovecharlas.
Una nueva variable competitiva
El contexto económico argentino está haciendo más visible una realidad que, en nuestra opinión, el sector deberá incorporar cada vez con mayor fuerza: la eficiencia tiene un valor económico concreto. Si los costos de construcción continúan aumentando, como muestran los datos recientes del ICC, mientras el contexto macroeconómico ofrece menos posibilidades de absorber desvíos mediante inflación o diferencias cambiarias, cada porcentaje de ineficiencia tiene un impacto mayor sobre el resultado de un proyecto. (Indec) Por eso creemos que la discusión sobre BIM no debería centrarse únicamente en tecnología. La discusión debería centrarse en productividad, previsibilidad, control y competitividad. Porque una metodología correctamente implementada permite controlar los cómputos, las certificaciones, la programación, las interferencias, la información y los cambios.
Permite anticipar.
Permite medir.
Permite comparar.
Permite tomar decisiones con información.
Y, fundamentalmente, permite trasladar decisiones desde la obra hacia la oficina, donde todavía tenemos capacidad de intervenir antes de que el error se convierta en costo. En definitiva, creemos que el desafío de la construcción en esta nueva etapa económica de la Argentina no es solamente construir.
Es construir mejor.
Con menos desperdicio.
Con mayor previsibilidad.
Con mayor control.
Y con la capacidad de transformar información en decisiones. Porque en un mercado donde la estabilidad reduce el margen para esconder las ineficiencias, ser eficiente ya no es solamente una ventaja: es una condición para ser competitivo.
Y ese es, para nosotros, el verdadero valor de BIM.


